El día en que se hizo real
Hay un mundo de diferencia entre decir sí a una operación del cerebro y vivirla. Entre el momento en que firmas el consentimiento y aquel en el que te encuentras en una camilla a las cinco de la mañana en un pasillo del quirófano. Esta entrada cuenta ese paso. El momento en que "algún día" se convierte en "es mañana", y en que "es mañana" se convierte en "es ahora".
De "algún día" a "es mañana"
Durante meses, la operación es un concepto. Algo que va a pasar, más adelante, algún día. Hablas de ello, te preparas intelectualmente, lees, haces preguntas, te proyectas. Pero sigue siendo abstracto. Está en un futuro lo suficientemente lejano como para no ser del todo real.
Y entonces el calendario avanza, y el futuro se acerca. La fecha queda fijada. El 30 de enero de 2025. Falta tres meses, luego un mes, luego dos semanas, luego una semana, y una mañana te despiertas y te das cuenta de que es mañana. Y ahí deja de ser abstracto por completo.
El salto en bungee, una vez más. Solo que esta vez estás al borde del puente, con los pies en el vacío, y ya no se trata de pensarlo. Se trata de saltar.
La aprensión, y su desaparición
La aprensión fue creciendo progresivamente durante semanas, como una marea. Una inquietud de fondo, constante, que lo tiñe todo. Los gestos cotidianos se vuelven extraños porque sabes que pronto será la última vez que los hagas con este cerebro, en este estado. Pronto habrá electrodos dentro de él. Pronto algo habrá cambiado de manera irreversible.
Y entonces, curiosamente, la víspera de la operación, la aprensión desapareció. Así, sin más. No progresivamente, no tras un largo proceso de racionalización. Se fue, y no volvió hasta la anestesia. Sí, puedes morir. Sí, puedes despertar convertido en un vegetal. Sí, todo puede salir mal. Pero has puesto todos tus asuntos en orden. Todo está organizado, todo está dicho, todo está previsto. Si algo pasa, las personas que amas sabrán qué hacer. Y esa certeza, la certeza de haberlo preparado todo, libera una calma inesperada. No es inconsciencia, es serenidad. La serenidad de alguien que ha elegido, que se ha preparado, y que está listo.
La partida hacia París
La partida fue un momento en sí mismo. Dejar la casa, tomar la carretera, llegar a esa ciudad inmensa con esa cita inmensa esperando. Saber que no volverás siendo la misma persona. Que algo definitivo va a ocurrir entre el momento en que cruces la puerta del hospital y aquel en que salgas de nuevo, días después, con metal en el cráneo y un dispositivo bajo la piel.
Hay una extraña solemnidad en ese trayecto. Miras el paisaje pasar con un desapego que no te explicas, porque la decisión está tomada, es la correcta, y lo único que queda es ir hasta el final.
Confiar
En los días previos a la operación, fui acompañado por la capellanía de la Pitié-Salpêtrière y por la parroquia maronita. No me extenderé mucho sobre este punto porque la fe es algo muy íntimo, pero quiero mencionarlo porque importa. Cuando estás a punto de confiar tu cerebro a alguien, llega un momento en que la ciencia, las estadísticas y las explicaciones racionales ya no bastan. Necesitas algo más. Necesitas una forma de confianza que va más allá de lo médico, que toca algo más profundo. Para mí, pasó por ahí.
Y esa es quizá la palabra más importante de toda esta entrada: confianza.
Confianza en el equipo quirúrgico, en la Pr Karachi, en las personas que van a manipular tu cerebro durante horas. Confianza en que tomaste la decisión correcta, en que los exámenes se hicieron bien, en que la indicación es sólida. Confianza en tu propio cuerpo, en su capacidad de soportar lo que le va a pasar. Y confianza en algo más grande, sea cual sea la forma que tome para cada uno.
Sin esa confianza, no saltas. Te quedas en el puente. Y yo salté.
La mañana del 30 de enero
Por la mañana, te despiertas un poco inquieto. Es un eufemismo, evidentemente, pero también es la verdad: no es terror, es una inquietud tranquila, la de alguien que sabe lo que le espera y ha decidido ir de todos modos. Te levantas, te preparas, caminas hacia el quirófano. Los pasillos son largos, las luces blancas, y el mundo se reduce progresivamente a un solo punto: el momento en que te vas a dormir y todo quedará en manos de otro.
La anestesia. Te hablan, te pinchan, quizá cuentas, y después nada.
Cuatro ángeles
Y entonces, un momento después, abres los ojos.
Hay siluetas a tu alrededor. Cuatro rostros, borrosos, luminosos, que te miran. Durante una fracción de segundo, te preguntas si son ángeles. Y luego comprendes que no, no estás muerto, estás en la sala de recuperación, y esas cuatro personas son cuidadores que verifican que todo esté bien.
Después, todo va muy rápido y muy lento al mismo tiempo.
Vomitas. Una primera vez. Luego una segunda. Luego una tercera. Te duele la cabeza, lo cual, si lo piensas, tiene bastante sentido para alguien a quien le acaban de perforar el cráneo. La camilla es demasiado pequeña, la cama también, y hay que pasar de una a otra como se pueda, medio adormecido, con el cuerpo pesado y la cabeza hecha un desastre. Vomitas de nuevo. Te acuestas. Cierras los ojos.
Y entonces te das cuenta: está hecho. No estás muerto. No eres un vegetal. Estás ahí, bien vivo, con un dolor de cabeza colosal y vómito en la bata, pero vivo.
Más vivo que nunca
Lo que me atravesó en las horas posteriores al despertar fue un sentimiento que nunca había experimentado antes: el de estar más vivo que nunca. Porque acababa de hacer voluntariamente lo que podría ser lo peor que le puede pasar a alguien. Había aceptado que me abrieran el cráneo, que me plantaran electrodos en el cerebro, conociendo los riesgos, sabiendo lo que podía salir mal, y estaba del otro lado.
Probablemente hay algo cuasi masoquista en mi forma de funcionar. Mi motivación siempre se ha alimentado de la dificultad, de hacer lo que me decían que era imposible. Pero esta vez es diferente. Esta vez lo sé con certeza absoluta: nunca podré hacer nada más difícil que lo que he hecho. Salvo un cáncer, un paro cardíaco o un accidente grave, nada en mi vida será más duro que lo que viví ese día.
Y esa certeza lo cambia todo. Mi vida está completa. No en el sentido de que no quede nada por hacer, sino en el sentido de que lo más difícil ya quedó atrás, y todo lo que viene después es un bonus. Veo las cosas muy diferente ahora. Relativizo mucho más. Los problemas cotidianos, las contrariedades, los obstáculos, todo eso pesa infinitamente menos cuando has mirado a la muerte de cerca y le has dicho no gracias, hoy no.
Lo que pasó mientras dormía
Desde la perspectiva del neurocirujano, así transcurrió ese día.
Primero, la anestesia general. Me durmieron completamente, porque a diferencia de algunas intervenciones de estimulación cerebral profunda que se hacen con el paciente despierto, la mía se realizó bajo anestesia total.
Antes que nada, se fija al cráneo un marco estereotáxico. Es un dispositivo rígido, de metal, que se atornilla literalmente a la cabeza y sirve como referencia absoluta para todas las mediciones y trayectorias que seguirán. Es un gesto algo brutal, pero en general te importa absolutamente nada, porque estás dormido.
Después, una resonancia magnética intraoperatoria. Se obtienen imágenes del cerebro en tiempo real para calcular con una precisión milimétrica la trayectoria que los electrodos deberán seguir para alcanzar su objetivo: el globo pálido interno, de ambos lados.
Luego viene el gesto en sí. Se perfora el cráneo, se abre un paso a través del hueso, y se bajan los electrodos a lo largo de la trayectoria calculada, milímetro a milímetro, realizando microregistros en el camino para asegurarse de estar en el lugar correcto.
Y aquí es donde se vuelve fascinante. Para verificar con precisión dónde colocar los electrodos, el equipo aligera ligeramente la anestesia. Justo lo suficiente para que el GPi retome un poco de actividad, para que empiece a enviar de nuevo sus señales erráticas. Es un poco como cazar una mosca con un matamoscas: sabes que está en la habitación, sabes más o menos dónde se encuentra, pero para golpearla necesitas que se mueva. Entonces esperan a que el GPi se manifieste, vigilan un pico de irregularidad en las señales captadas por los electrodos, y en cuanto aparece: cartografían. Saben que están en el lugar correcto, fijan las coordenadas, y los electrodos quedan bloqueados en su posición definitiva.
Verificación. Se comprueba que todo está en su lugar, que los electrodos están donde deben estar, que nada se ha movido.
Después, cambio de configuración. Me reposicionan para la segunda parte de la intervención: la implantación del generador, el dispositivo que alimentará los electrodos con corriente eléctrica. Se prepara el sitio a nivel del tórax, lado izquierdo, se crea un bolsillo bajo la piel, se coloca el generador, y se conecta a los electrodos mediante cables que pasan bajo la piel del cuello.
Y eso es todo, se acabó. Se cierra, se limpia, y se deja que el paciente se despierte. El paciente en cuestión soy yo, y vomita tres veces antes de comprender que no está en el paraíso.
Detrás de esta descripción técnica hay un gesto quirúrgico de una virtuosidad poco común. La Pr Karachi opera con una precisión que impone respeto. Navegar a través del cerebro, milímetro a milímetro, apuntar a objetivos de unos pocos milímetros cuadrados enterrados en el corazón de los ganglios basales, ajustar las trayectorias en tiempo real según las señales captadas: es un ejercicio de una exigencia absoluta, donde el menor error puede tener consecuencias irreversibles. Y lo hace con una maestría, una seguridad y una elegancia que rozan el arte. Esto no es cirugía, es orfebrería.
La próxima entrada contará lo que viene después.
Continuará.